sábado, 21 de enero de 2017

DONALD TRUMP - CABALLO DE TROYA DE LA DICTADURA MILITAR FINANCIERA QUE SE AVECINA

14 de diciembre de 2016 - Ernst Wolff
Con afirmaciones como "Dry the swamp!" ("¡Sequemos la ciénaga!"), Donald Trump se presentó en la campaña electoral en Estados Unidos como un decidido adversario del establishment de Estados Unidos. Millones de estadounidenses que dudan del sistema le creyeron, convencidos de que como presidente hará frente a la élite corrupta del país.
Mientras tanto el sector más informado entre ellos debe tener ya claro no sólo que se han equivocado, sino que fue un engaño realizado de manera deliberada: Trump demuestra desde su elección que es un caballo de Troya que no sólo no va a 'secar la ciénaga’ sino que, al contrario, la va a dar aún más poder.
Y no sólo eso: quienes creían durante la campaña electoral que con Hillary Clinton se decidía seguir con la política militarista de EEUU y con Trump por el contrario se acabaría con ella, desde hace dos semanas se frotaran con incredulidad sus ojos incrédulos: El gabinete del 45º presidente de EEUU, con sus ex-generales y líderes empresariales se parece más a una mezcla de junta militar de latinoamericana y la dirección de una empresa que a los gabinetes de los presidentes anteriores.
Semejante fraude descarado a los votantes no es nada nuevo en los EEUU, y por buenas razones: Por lo menos desde diciembre de 1913 la dirección de la política de Estados Unidos no se decide en la Casa Blanca en Washington, sino en Wall Street y su principal organización, la Reserva Federal, el banco central estadounidense. Ambos tienen una idea diferente sobre el futuro del país que la clase trabajadora.
Detrás de la política de Estados Unidos está siempre la industria financiera
Con el establecimiento de la Reserva Federal en 1913, un cartel de bancos de Estados Unidos y sus dueños ultra ricos se aseguró el control de la moneda estadounidense, el dólar. De esta manera se hizo real el sueño del fundador de la dinastía Rothschild, Mayer Rothschild (1773-1855), que una vez dijo: "Dame el control sobre el dinero de una nación y no me importa quién haga sus leyes".
Desde 1913, el gobierno de Estados Unidos no es ni más ni menos que el ejecutor de la política de la Reserva Federal. Su tarea más importante es vender al pueblo estadounidense para vender los intereses de la industria financiera como propios -por todos los medios. Sólo tres años después de la fundación de la Reserva Federal, el candidato demócrata Woodrow Wilson se hizo votar con la promesa de mantener a los Estados Unidos fuera de la Primera Guerra Mundial que arrasaba Europa. Un mes después de su toma de posesión, declaró la guerra a Alemania.
¿Por qué? Porque los grandes bancos de Wall Street habían concedido préstamos multimillonarios a Inglaterra, Francia e Italia, y temían que, en caso de una victoria alemana, tendrían que condonarlas.
Lo mismo es válido para la Segunda Guerra Mundial, que es de ninguna manera fue una confrontación entre democracia y dictadura -como se afirma en la mayoría de los libros de historia-. Por un lado, los nazis de Hitler nunca habría podido mantenerse en el poder sin los créditos de Wall Street. Y, por otro lado, la maquinaria económica más grande de todos los tiempos, levantada en Estados Unidos y financiado por Wall Street, había llegado a sus límites a comienzo de los años cuarenta.
Es decir: Los Estados Unidos necesitaban mercados para librarse de los productos que no se podían vender en el mercado interno. Para lograrlo Wall Street estaba dispuesto a todo -desde participar en la Segunda Guerra Mundial hasta lanzar bombas atómicas.
Y también las otras guerras de los Estados Unidos –ya sea Corea, Vietnam, Afganistán, Irak, Libia o Siria- se llevaron a cabo en defensa de los intereses de la élite financiera de Estados Unidos. Lo mismo se aplica a las actividades llevadas a cabo con la ayuda de golpes organizados por los servicios de inteligencia de Estados Unidos en Asia, África y América del Sur, que en ningún caso pretendían acaban con dictaduras militares, como se afirmaba. El ejemplo más reciente es la junta militar en Egipto: Sólo puede mantenerse en el poder gracias al apoyo financiero y militar de los Estados Unidos. Y por cierto ha sido durante décadas Arabia Saudita, una de las dictaduras más atrasadas de la tierra, el aliado más estrecho de los EE.UU. en el Oriente Medio.
El sistema se ha independizado hace mucho
A lo largo de sus más de cien años de historia, la industria financiera de Estados Unidos ha creado un aparato enorme para poder ejercer su poder sobre todos los aspectos de la sociedad americana. Domina todos los mercados, el complejo militar-industrial, los medios de comunicación y la política.
Las elecciones sirven dentro de este sistema tan sólo para mantener la fe del pueblo estadounidense en la creencia errónea de que tienen algo que decir en la definición de su propio destino. El tan nombrado conflicto entre demócratas y republicanos se manifiesta al mirarse de cerca como un método efectivo desde hace décadas para capturar las tendencias críticas dentro de la población y por lo tanto evitar una ruptura política en un amplio sector de la población.
Exactamente dicho mecanismo ha podido observarse en las pasadas elecciones con el ejemplo de Bernie Sanders: tal y como han demostrado los correos electrónicos publicados por Wikileaks, Sanders sirvió desde el principio en la campaña electoral para recuperar aquellos votantes que querían darle la espalda al Partido Demócrata y –tras acordar previamente su retirada con la dirección del partido- presentar a Hillary Clinton, que había sido objeto de duros ataques por Sanders en la campaña, como un "mal menor".
Al igual que Sanders, Trump centró su "campaña electoral" en el deseo de protestar de la población, fruto de un profundo descontento popular, con la diferencia de que en lugar de centrarse en una vía supuestamente socialista como hizo Sanders, se centró en una nacionalista ("Make America great again!", "¡Volver a hacer grande a Estados Unidos!"), y al hacerlo repetía incesantemente iba a "luchar contra el establishment".
Muchos observadores superficiales creyeron por eso que el tiburón inmobiliario multimillonario quería "secar la ciénaga de Washington" de verdad. Dicha transformación, sin embargo, es algo tan realista como la cuadratura del círculo: significaría que la industria financiera de Estados Unidos se habría quedado mirando con los brazos cruzados tras de cien años de la dictadura ilimitada, como su poder se les escapa por la vía parlamentaria...
El mandato de Trump estará marcado por la decadencia de EEUU
Entre tanto, Donald Trump ha puesto de manifiesto que será un presidente que se basará más que cualquiera de sus predecesores en la industria financiera y los militares para el ejercicio del poder. Esto no es casualidad, ya que Trump asume el cargo en un momento de problemas monumentales que empeoran de forma continua y se dirigen con la lógica inexorable hacia un Crash del sistema financiero y el fin de la dominación global del dólar.
Desde el colapso de Lehman Brothers a raíz de la crisis de hipotecas subprime, el sistema financiero mundial sólo se mantiene en pie gracias a las manipulaciones de la Reserva Federal y otros bancos centrales, de un nivel sin precedentes históricos. Desde 2008, los bancos centrales han imprimido dinero por valor de varios dígitos de billones de dólares y han bajado más de 670 veces los tipos de interés.
Estas medidas no tienen, como se supone, la intención de facilitar la recuperación de la economía real. El dinero se ha empleado casi exclusivamente en la especulación financiera y en generar burbujas gigantescas en los mercados de bonos, acciones y bienes raíces. Los inversores conservadores han asumido riesgos mayores que nunca debido a las bajas tasas de interés, y muchos bancos de importancia sistémica en el mundo sólo se mantienen a flote de manera artificial, el sistema es más frágil que nunca.
Con una deuda pública de casi 20 billones de dólares lo que espera a la clase trabajadora de EEUU no es la recuperación prometida por Trump con puestos de trabajo bien pagados, sino la austeridad con recortes drásticos de todo tipo. Una vez la inflación afecte a la economía real se harán visibles las consecuencias de que 60% de los estadounidenses no tienen más de 1.000 ahorrados. Si Trump, como ha anunciado, pone en marcha además recortes de impuestos para los muy ricos, EEUU vivirá graves conflictos sociales.
Precisamente en ese momento se verá por qué el establishment de Estados Unidos, que durante mucho tiempo apoyó a Hillary Clinton, en la etapa final de la campaña electoral pasó a apoyar a Trump: para reprimir la explosión social inevitable provocada por el desarrollo actual del sistema financiero hace falta en primer lugar un gobierno que distraiga de los verdaderos culpables de Wall Street y presente como cabeza de turco a las minorías –algo que ya ha recomendado Trump, entre otras cosas con sus ataques contra los musulmanes durante la campaña electoral. Si eso no funciona, se necesita un gobierno al estilo de las dictaduras latinoamericanas, que solucione la cuestión social mediante el uso de la violencia -es decir, un gabinete como el de Donald Trump, en el que el área de la "seguridad nacional" se ha puesto directamente en las manos de los militares.

EL FIN DEL LIBERALISMO IDENTITARIO

Mark Lilla – 18 Nov. 2016

 

Es una obviedad que EEUU se ha convertido en un país más diverso. Es también una cosa hermosa de ver. Los visitantes de otros países, especialmente aquellos que tienen problemas para incorporar diferentes grupos étnicos y religiones, se asombran de que consigamos hacerlo. No perfectamente, por supuesto, pero actualmente ciertamente mejor que cualquier nación europea o asiática. Es una historia de éxito extraordinaria.


Pero ¿cómo debe moldear esta diversidad nuestra política? La respuesta liberal estándar durante casi una generación ha sido que debemos tomar conciencia y "celebrar" nuestras diferencias. Lo cual es un espléndido principio de pedagogía moral, pero desastroso como fundamento de la política democrática en nuestra ideologizada era. En los últimos años, el liberalismo estadounidense ha caído en una especie de pánico moral acerca de la identidad racial, de género y sexual que ha distorsionado el mensaje del liberalismo y le ha impedido convertirse en una fuerza unificadora capaz de gobernar.

Una de las muchas lecciones de la reciente campaña presidencial y su repugnante resultado es que se debe poner fin a la era del liberalismo identitario. Hillary Clinton estaba en su mejor y más estimulante momento cuando habló sobre los intereses estadounidenses en los asuntos mundiales y cómo se relacionan con nuestra comprensión de la democracia. Pero cuando se trataba de la vida en casa, tendía a lo largo de la campaña a perder esa gran visión y se deslizaba en la retórica de la diversidad, apelando explícitamente a los votantes afroamericanos, latinos, L.G.B.T. Y las mujeres en cada acto. Este fue un error estratégico. Si va a mencionar grupos en América, es mejor mencionarlos a todos. Si no lo hace, aquellos que no sean nombrados lo notarán y se sentirán excluidos. Y eso fue exactamente lo que sucedió, como muestran los datos, con la clase obrera blanca y los que tienen fuertes convicciones religiosas. Dos tercios de los votantes blancos sin títulos universitarios votaron por Donald Trump, al igual que más del 80 por ciento de los evangélicos blancos.

La energía moral en torno a la identidad tiene, por supuesto, muchos efectos buenos. La 'discriminación positiva’  ha reformado y mejorado la vida empresarial. Black Lives Matter ha apelado a cada estadounidense con conciencia. Los esfuerzos de Hollywood para normalizar la homosexualidad en nuestra cultura popular ayudaron a normalizarla en las familias americanas y en la vida pública.

Pero la fijación por la diversidad en nuestras escuelas y en la prensa ha producido una generación de liberales y progresistas narcisisticamente inconscientes de las condiciones de vida de aquellos ajenas a los grupos que se califican como propios, e indiferentes a la tarea de llegar a los estadounidenses en todos los ámbitos de la vida. A una edad muy temprana nuestros niños se animan a hablar de sus identidades individuales, incluso antes de tenerlas. Cuando llegan a la universidad, muchos asumen que el discurso de la diversidad agota el discurso político y tienen escasamente poco que decir sobre cuestiones tan constantes como la clase, la guerra, la economía y el bien común. En gran parte esto se debe a los temarios de historia de la escuela secundaria, que de una forma anacrónica proyectan al pasado la política identitaria, creando una imagen distorsionada de las principales fuerzas e individuos que modelaron nuestro país. (Los logros de los movimientos por los derechos de las mujeres, por ejemplo, eran reales e importantes, pero no pueden comprenderlos si no comprenden primero el logro de los padres fundadores en el establecimiento de un sistema de gobierno basado en la garantía de derechos).

Cuando los jóvenes llegan a la universidad, se les anima a mantener este enfoque en sí mismos por parte de grupos estudiantiles de la facultad y también por administradores cuyo trabajo a tiempo completo es encargarse de "cuestiones de diversidad" –aumentando su importancia. Los medios de comunicación han convertido en un deporte de primero orden burlarse de la "locura del campus" que rodea estos temas, y muy a menudo tienen razón. Esto sólo favorece a los demagogos populistas que quieren deslegitimar la enseñanza para quienes nunca han pisado un campus. ¿Cómo explicar al votante promedio la supuesta urgencia moral de dar a los estudiantes universitarios el derecho de elegir los pronombres de género designados para ser utilizados al dirigirse a ellos? ¿Cómo no reír junto con esos votantes porque un bromista de la Universidad de Michigan escribió que quería que le tratasen como "Su Majestad"?

Esta concienciación de la diversidad en los campus se ha filtrado con el paso de los años en los medios de comunicación liberales, y no de manera sutil. La 'acción afirmativa’ para las mujeres y las minorías en los periódicos y los canales de televisión y radio de EEUU ha sido un extraordinario logro social, e incluso ha cambiado, literalmente, la apariencia de los medios de comunicación de derecha, ya que periodistas como Megyn Kelly y Laura Ingraham han ganado prominencia. Pero también parece haber alentado la hipótesis, especialmente entre los periodistas y editores más jóvenes, de que al centrarse tan solo en la identidad han hecho su trabajo.

Recientemente realicé un pequeño experimento durante un año sabático en Francia: Durante un año entero sólo leí publicaciones europeas, no americanas. Mi pensamiento era tratar de ver el mundo como lo hacían los lectores europeos. Pero fue mucho más instructivo regresar a casa y darme cuenta de cómo ver las cosas a través de las gafas de la identidad ha transformado la información estadounidense en los últimos años. Cuán a menudo, por ejemplo, la historia más simplista del periodismo americano -sobre el "primer X que hizo Y"- se contó y volvió a contar. La fascinación por el drama de la identidad ha afectado incluso a la información extranjera, que se reduce de manera angustiosa al mínimo. Por muy interesante que sea leer, digamos, sobre el destino de las personas transgénero en Egipto, no contribuye nada a educar a los estadounidenses sobre las poderosas corrientes políticas y religiosas que determinarán el futuro de Egipto e indirectamente el nuestro. Ningún centro de noticias importante en Europa pensaría en adoptar tal enfoque.

Pero es en el plano de la política electoral que el liberalismo de la identidad ha fracasado de manera más espectacular, como acabamos de ver. La política nacional en períodos sanos no se refiere a la "diferencia", sino a lo común. Y estará dominado por quien capta mejor la imaginación de los estadounidenses acerca de nuestro destino compartido. Ronald Reagan lo hizo muy hábilmente, cualquiera que sea su pensamiento. Así lo hizo Bill Clinton, que aplicó una página del libro de instrucciones  de Reagan. Se apoderó del Partido Demócrata por encima de su ala identitaria, concentró sus energías en programas nacionales que beneficiarían a todos (como el seguro médico nacional) y definió el papel de Estados Unidos en el mundo posterior a 1989. Al permanecer en el cargo por dos mandatos, fue capaz de lograr mucho por los diferentes grupos de la coalición demócrata. La política de identidad, por el contrario, es en gran medida expresiva, no persuasiva. Es por eso que nunca gana elecciones, pero puede perderlas.
El recién descubierto, casi antropológico interés de los medios por el 'varón blanco enfadado’ revela tanto sobre el estado de nuestro liberalismo como sobre esta figura tan calumniada y antes ignorada. Una interpretación liberal conveniente de la reciente elección presidencial sería que el Sr. Trump ganó en gran parte porque logró transformar la desventaja económica en rabia racial -la tesis del "whitelash" (la reacción de los racistas blancos ante los avances del movimiento de derechos civiles, AyR). Esto es conveniente porque confirma la convicción de la superioridad moral propia y permite a los liberales ignorar lo que dichos votantes dijeron que eran sus mayores preocupaciones. También alienta la fantasía de que la derecha republicana está condenada a la extinción demográfica a largo plazo, lo que significa que los liberales sólo tienen que esperar a que el país caiga en sus manos. El porcentaje sorprendentemente alto del voto latino que recibió el Sr. Trump debe recordarnos que uanto mayores son los grupos étnicos más amplios que hay en este país, más políticamente diversos se vuelven.
Finalmente, la tesis del 'whitelash’ es conveniente porque absuelve a los liberales de no reconocer cómo su propia obsesión con la diversidad ha alentado a los americanos blancos, rurales y religiosos a pensar en sí mismos como un grupo desfavorecido cuya identidad está siendo amenazada o ignorada. Tales personas no están reaccionando contra la realidad de nuestra diversa América (tienden, después de todo, a vivir en áreas homogéneas del país). Pero están reaccionando contra la retórica omnipresente de la identidad, que es lo que quieren decir con "corrección política". Los liberales deben tener en cuenta que el primer movimiento de identidad en la política estadounidense fue el Ku Klux Klan, que aún existe. Quienes juegan al juego de la identidad deben estar preparados para perder.
Necesitamos un liberalismo post-identidad, y debemos sacarlo de los éxitos pasados ​​del liberalismo anterior a la etapa identitaria. Tal liberalismo se concentraría en ampliar su base apelando a los estadounidenses como estadounidenses y enfatizando los asuntos que afectan a una gran mayoría de ellos. Hablaría a la nación como una nación de ciudadanos que están en esto juntos y deben ayudarse unos a otros. En cuanto a los temas más específicos que están altamente cargados de simbolismo y pueden alejar a potenciales aliados, especialmente aquellos que tocan la sexualidad y la religión, tal liberalismo funcionaría en silencio, de manera sensible y con un sentido apropiado de la escala. (Parafraseando a Bernie Sanders, Estados Unidos está cansado de oír hablar de los malditos servicios de los liberales –en referencia a los de cuartos de baño públicos de EEUU sin distinción de género, AyR).
Los profesores comprometidos con este liberalismo volverían a centrar la atención en su principal responsabilidad política en una democracia: formar ciudadanos comprometidos conscientes de su sistema de gobierno y de las principales fuerzas y acontecimientos de nuestra historia. Un liberalismo post-identitario también destacaría que la democracia no es sólo acerca de los derechos; También confiere obligaciones a sus ciudadanos, como las obligaciones de mantenerse informado y votar. Una prensa liberal post-identidad comenzaría a educarse sobre partes del país que han sido ignoradas, y sobre lo que importa allí, especialmente la religión. Y tomaría en serio su responsabilidad de educar a los estadounidenses sobre las principales fuerzas que conforman la política mundial, especialmente su dimensión histórica.
Hace algunos años fui invitado a una convención sindical en Florida para hablar en un grupo dedicado al famoso discurso de las cuatro libertades de Franklin D. Roosevelt de 1941. El salón estaba lleno de representantes de los grupos locales: hombres, mujeres, negros, blancos y latinos. Comenzamos cantando el himno nacional, y luego nos sentamos a escuchar una grabación del discurso de Roosevelt. Cuando miré hacia la multitud y vi la variedad de diferentes caras, me sorprendió lo concentrados que estaban en lo que compartían. Y escuchando la agitada voz de Roosevelt mientras invocaba la libertad de expresión, la libertad de culto, la libertad de la carencia y la libertad del miedo - las libertades que Roosevelt exigía para "todos en el mundo" - me recordaron cuáles eran los verdaderos fundamentos del liberalismo americano moderno.

domingo, 15 de enero de 2017

EEUU SE PARECE AHORA A ROMA ANTES DE LA CAÍDA DE LA REPÚBLICA

Pascal-Emmanuel Gobry

Desde el inicio de la Edad Media hasta hace pocas décadas, cualquier persona educada tenía que estudiar la historia de Grecia y Roma. Hay una razón para ello, y hay una razón por la cual es una vergüenza que hace mucho que no lo hacemos.

Los Gracos

No es tan solo que la historia encierra importantes lecciones. Es que vivimos en una época levantada por las personas ya fallecidas que nos precedieron. América es una república constitucional. Sus instituciones de gobierno fueron imaginadas y nos fueron legadas por unas personas, todas las cuales habían estudiado la historia de Grecia y Roma, como hicieron los filósofos y escritores y hombres de estado que tomaron como inspiración, y como aquellos a su vez hicieron también. La democracia en la que vivimos es como una pieza de maquinaria extranjera que se supone tenemos que emplear. Si no eres un mecánico, no intentarías arreglar tu coche sin intentar primero leer alguna de sus instrucciones. Para poder entender como funciona nuestra república, necesitamos entender la forma de pensar de la gente que la levantó. Tenemos que entender de donde venimos.

Los Padres Fundadores de los EEUU, y los filósofos de la Ilustración de los que aprendieron de nuevo, la gente cuya máquina supuestamente hemos de mantener en marcha estaban obsesionados con Grecia y Roma. La razón por la cual los discursos de los políticos se dedicaban a referirse a América como un «experimento» en democracia, por que en este sentido estaban intentando algo arriesgado y precario, es porque vivían bajo la sombra de Roma.

La creencia habitual hasta la fundación de América es que la democracia está destinada a hundirse. Un sistema político que promete la igualdad formal no puede soportar la tensión de un sistema que siempre tendrá desigualdades de estatus, da igual como se intente legitimarlas. En una auténtica democracia, los demagogos vencerán sobre el pueblo mediante promesas vanas y acciones llamativas, y acumularan suficiente poder como para destruir la verdadera democracia que es la fuente de su poder (deténganme si lo que digo les suena familiar). La razón por la cual creían esto es por que eso es exactamente lo que pasó con Roma. Por eso el dicho popular: «Una república, si puedes mantenerla».

Si sabemos algo sobre la caída de la República romana, sabemos vagamente algo sobre Julio Cesar, sobre cómo era un general popular que usó su apoyo en el seno de los militares para llevar a cabo un golpe de estado. El golpe de Estado desató una guerra civil en la cual el hombre más fuerte, Augusto, terminó prevaleciendo, pensando que podría usar bien el poder que Cesar había reclamado para sí mismo.

Si sabemos un poco más, sabremos que Cesar no era tan solo un general de éxito, sino también un político astuto, que usó sus victorias políticas no solo para obtener la lealtad de las legiones, sino también para levantar una base de poder populista en Roma. También deberíamos de estar prevenidos de que cuando Cesar intentó dar su golpe de estado, la República romana ya estaba exhausta, con una élite complaciente engordada por siglos de victorias militares y los correspondientes botines.

Pero aquellos a lo que los historiadores hoy día llaman la crisis de la República romana tenía un profundo componente clasista. Como todas las  repúblicas, Roma se veía a si misma bajo el prisma del mito de su propio derribo de tiránicos gobernantes y el establecimiento de una, digamos, unión más perfecta. Como todos los mitos nacionales, esto solo era verdad en parte.

En realidad, la sociedad romana estaba dividida en dos clases, los patricios y los plebeyos (palabras que siguen teniendo un significado hoy día, aunque más débil); tres si se cuenta a los esclavos, algo que obviamente deberías, aunque eran menos activos políticamente que las otras dos clases.

Los patricios eran la aristocracia. Eran grandes terratenientes, en una época en la que la fuente de la riqueza era la tierra. Lo que es más, mientras la gran mayoría de la tierra en Roma era de propiedad pública en teoría, en la práctica los patricios podía n cosechar esas tierras y quedarse los beneficios como si fueran de su propiedad. El hecho de que los patricios  podían depender de mano de obra esclava para cultivar esas tierras las hacía aún más beneficiosas para ellos, incluso aunque así expulsaban a los plebeyos de los trabajos que habrían tenido mediante su cultivo. Esta igualdad fundamental entre una clase patricia poseedora de tierras y la más insegura económicamente de los plebeyos es la cosa más importante  a recordar sobre la historia de la República romana.

Y ¿qué pasaba con el sistema político? Bien, como es bien sabido, Roma estaba dirigida por un Senado, pero el Senado estaba compuesto de patricios. Para simplificarlo al extremo, el Senado era como el ramo legislativo, que nombraba a los cónsules que dirigían el ejecutivo. ¿No tenían voz los plebeyos? Los plebeyos estaban representados por oficiales elegidos en elecciones llamados tribunos de la plebe, cuyo mayor poder era su capacidad de proponer nuevas leyes y vetar al Senado. Los tribunos de la plebe en su gran parte eran también patricios, ya que este era el único camino para poder participar en la política, pero eran patricios con un contacto con las clases populares(1) y los buenos patricios, como los buenos tribunos de la plebe, sabían como agradar a sus votantes.

A finales del siglo II a.C., décadas antes de que Cesar apareciese, esta desigualdad abrumadora dio lugar a una crisis política. Dos hermanos, Tiberio y Cayo Graco, intentaron llevar a la práctica varias reformas para reequilibrar las desigualdades, incluyendo la redistribución de tierras y el reparto de grano entre los pobres de Roma. ¿Cómo resultó? Bien, para resumir una larga historia, Cayo acabó suicidándose para evitar ser asesinado por una horda financiada por un cónsul patricio para eliminarle por la fuerza(2).

El fracaso de los Gracos (plural de Graco) tuvo dos consecuencias: primero, restableció el uso de la fuerza para solventar disputas políticas. Y segundo, consolidó las divisiones de clase en el corazón de la sociedad romana, debido a que el complejo sistema de controles y contrapesos (así como el obstinado inmovilismo de la clase aristocrática) era incapaz de solucionar el problema. Naturalmente, los aristócratas romanos no creían estar simplemente defendiendo sus bolsillos. Roma, después de todo, era una de las civilizaciones más sofisticadas del mundo, y su aristocracia tenía una elevada educación. Creía que al defender sus privilegios, se estaba defendiendo de lo que consideraban la plebe, sin educación y ordinaria, que tenía creencias contrarias a lo que ellos creían que eran los valores de Roma. Con este trasfondo, el gobierno de Roma, crecientemente implicado en llevar a cabo guerras en el extranjero y mantener el imperio, se fue militarizando cada vez más, subiendo los impuestos para poder mantener sus gastos.

Debido a que esos conflicto estaban tan profundamente enraizados, Roma se mantuvo dando bandazos de una crisis social a una crisis política y de esta a una constitucional un año tras otro, década tras década, de manera que cuando apareció un «cirujano de hierro» la República cayó como una fruta madura que espera ser cosechada.

Todo esto me lleva a la actual situación. ¿Sabes qué millones han dejado de trabajar de manera activa? ¿Qué aumenta el número de personas sin estudios universitarios y que es expulsada de la economía? ¿Qué el sistema globalizado y meritocrático recompensa a una pequeña élite dejando al resto fuera?

Ahora no es aún el momento de Cesar. Ni siquiera es la época de los Gracos. No lo creo. Pero ha habido un incremento en la violencia política, aunque ni de lejos similar al nivel de la década de los 60. Y aunque la economía de América sin duda podría funcionar mejor, también podría funcionar mucho peor –de hecho, ha salido mejor de la recesión global que prácticamente el resto de las principales países del mundo.

Pero los paralelismos están ahí, ¿no es cierto? Puede que no haya disturbios pidiendo grano, o grandes latifundios, pero existe sin duda una clase de patricios, y una clase de plebeyos, y están sin la menor duda enfrentadas. Y la incapacidad del sistema político y económico de ofrecer una salida que sea positiva para ambas clases intensifica el conflicto.

El martes(3), América rechazó a un patricio y eligió un tribuno. Esperemos ver implementar algunas reformas genuinamente tipo Graco, y esperemos que funcionen bien durante una temporada. Por que en caso contrario, me temo que mis hijos un día verán a Cesar cruzar el Potomac(4).


  NOTAS:
  (1) En SPQR, acrónimo de 'Senātus Populusque Rōmānus' —«el Senado y el Pueblo de Roma», el 'populus', el pueblo no era la plebe sino todas las familias patricias y el Senado la asamblea que les representaba. La República romana era en sí una auténtica oligarquía. [Nota de AyR]
  (2) Previamente, Tiberio había sido linchado por otra horda financiada por otro patricio. [Nota de AyR]
  (3) En las elecciones en las que Trump salió elegido y Hillary Clinton fue derrotada. [Nota de AyR]
  (4) Referencia al paso del Rubicón —río que separaba Italia de la Galia Cisalpina— por César para derribar la República e imponer su dictadura. [Nota de AyR]